Primero es la visión del "túnel", un túnel que no veo, pero es la apertura de algo que estaba cerrado, es el ojo que empieza a percibir (Esta vez, los "otros" ojos permanecen abiertos, la luz entra sin más impedimento que las cortinas de la ventana frente a la que estoy sentado. Está soleado afuera. No tapo mis oídos, tampoco.). Siento como mi percepción abandona la visión regular, ya no es importante lo que los sentidos captan. El tacto es lo que permanece aún, pero se desvanece de a poco: ¡siempre olvido este detalle! ¡mis dientes se desacomodan! Me molestan... cada vez pasa lo mismo: el paso al otro lado está marcado por los dientes que bailan en mi boca, casi como queriendo salirse...
Ya el afuera es insignificante. Me sé quieto, inmóvil, los ojos fijos en un punto en el vacío. Sigo viendo la habitación, pero no como antes de la Salvia: es una especie de capa sobre otras capas, debajo de numerosas capas, todas superpuestas. Estaba sumamente contracturado: en este momento el cuerpo es una cáscara, no lo siento. La electricidad corre entre esos puntos que, caprichosamente, llamo chakras, por no tener un mejor nombre para ellos. Siento una presión en el cráneo, que se extiende como un enorme peso que atraviesa mi carne hacia el pecho. Pero no siento el cuerpo, lo que sí percibo es ese peso. Que no pertenece a esta realidad. La molestia en los dientes ha desaparecido del todo. Mi existencia se abre desde la parte superior de mi cráneo, deteniéndose en mis rodillas. El peso ahora se deposita ahí, y entonces percibo claramente el otro lado. Ahí es donde entiendo el juego que juego de día. Ahí es donde toco un poco de cerca el Nirvana. La sabiduría de la Nada está dentro mío, soy la sabiduría de la nada. Ha sido una cantidad pequeña para el setting en que estoy: plena luz de día; rodeado de ruidos que, por lo general, cortan la experiencia. Como de costumbre, cuando la experiencia toca su pico, tengo ganas de fumar tabaco. Tabaco armado, los cigarrillos industriales me causan rechazo en este estado. La imagen de una anciana fumando un puro hecho por ella misma me invade. El tabaco es sagrado para muchas culturas, eleva un poco el espíritu. Siento presencias, todo un ecosistema al cual pertenezco, y del cual soy ajeno en la misma medida. Hace tiempo que las presencias no están en mis meditaciones. Han vuelto, pero no las siento dialogar, como ha ocurrido muchas veces en el pasado. Saben que estoy ahí, pero no les molesta mi presencia, como a mí no me molesta la suya. Ya no les temo. Antes, se dirijían a mí, a veces dándome directivas ("ya es suficiente", "un poco más", "hoy no estás listo"), a veces hablando entre sí; de mí, o no. Tan solo siguen con su deambular. Los he oído claramente, en su momento, decir cosas como "Cree que aún le falta, pero está listo", en tono de burla. Los he sentido tirar de mi alma, para sacarla de mi cuerpo, quejándose de la dificultad. He estado yo mismo tirando junto con ellos de los pliegues de mi alma, quejándome de la dificultad. Y me han causado espanto, demasiado reales. Nunca voces de mi interior como con el THC. Son voces ajenas, pero muy cercanas a mí.
Las Salvinorinas tienen receptores en el sistema nervioso que regulan la analgesia y el dolor, a veces crean sensaciones muy dolorosas en ciertos puntos. Esta vez, borran un poco el dolor que siento en mi cuello y brazo. Aún horas después.
La vida como juego. Es una idea poética, y ya sé que la han proclamado muchos, y de muchas formas. Pero una cosa es leerlo, y otra, muy distinta, es comprenderlo.
Esta vez siento que podría salir caminando, y mirar el entorno con la mirada de otro mundo, pero no es buena idea, puedo perder el equilibrio: mi mente no está realmente dentro de mi cabeza. Es como si mi Sí-mismo "onírico" fuera luz, liberado de las limitaciones orgánicas. No encuentro otra metáfora mejor: la Salvia nos deja ser la luz que olvidamos que somos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario